Presentación de los Anales de Desclasificación, vol. I, número 2
Presentación de los Anales de Desclasificación, nº1, 2005 y nº2, 2006, Vol. I: «La derrota del área cultural», en la Biblioteca de Santiago, Jueves 6 de julio de 2006.
Alejandra Araya
Historiadora, Universidad de Chile.
Comenzaré por una pregunta:
¿Qué son los Anales de Desclasificación?
Órgano impreso del Laboratorio de Desclasificación comparada, definido como un grupo de investigadores que buscan, compilan, comentan y difunden un corpus indeterminado de textos y documentos “perdidos, olvidados, escondidos y mal difundidos” con el objeto de poner en práctica la crítica a los marcos en que se han desarrollado los “sistemas clasificatorios” que han gobernado y gobiernan a las ciencias sociales y la literatura. Los Anales se organizan en torno a Dossiers que a su vez presentan documentos desclasificados acompañados de interesantes aparatos críticos y algunos artículos que se conectan de algún modo con ellos ya sea temáticamente, geográficamente o conceptualmente de modo de producir alguna comparación o también como gesto performativo de asociaciones libres justificadas por el ánimo desclasificatorio de estos nuevos “científicos” que reemplazan a los insectos por otros: los documentos. No es casual por tanto que se llamen a sí mismos “laboratorio”. Leí el primer volumen con avidez, con placer frente a una serie de propuestas de lectura y actitud que convergen con las mías desde una cuenca que reúne al surrealismo, el psiconálisis y el espíritu libertario y con mucha curiosidad respecto de estas entradas invasibas, irrespetuosas, prepotentes y llenas de vida al territorio del historiador: la muerte, la ausencia y el fervor de revivir, de presentar, de corporeizar un resto, una huella, un vestigio atrapado en un papel. ¿Pueden tener cabida en estos anales de desclasificación los objetos materiales?
Luego me dije, lo que aquí veo es la transformación de los textos en objetos y monumentos, cincelados, desempolvados, resituados. Para un historiador clásico estos Anales serían una revista que edita documentos, como muchas que circulan con los mismos afanes de poner en conocimiento de otros textos curiosos, poco conocidos. El afán de gabinete que conecta a estos trabajadores de laboratorio que quieren desclasificar lo que llega a ellos por procedimientos de clasificación de otros. Una historiador menos tradicional, apelaría a la desclasificación de documentos como gesto político y epistemológico, buscaría lo raro, desconocido, oculto y secreto para hacer habla al sujeto inconsciente de la historia tradicional. A ella pertenecía José Toribio Medina como su brazo armado como bibliófilo y polígrafo, construyó junto a otros como él el Archivo de una nación en el sentido en que los miembros del LDC lo manifiestan siguiendo a Jacques Derrida y el Mal de Archivo, es decir, la construcción de un gran guardián de secretos, y una cohorte de historiadores que escriben sobre lo público. Se hace de las secretarías, de la compulsión de escrituras públicas y privadas de los siglos anteriores al XIX, un archivo positivo, una colección de pruebas de un gran proyecto de maquinación de un cuerpo vivo, desde un cuerpo siempre muerto el Estado. Por eso, un historiador heterodoxo, puede reconocer que hay fondos y fondos documentales, que hay corpus legales y esquirlas en fondos varios o diversos, en secretarías más que en archivos y es allí donde se encuentran eso insectos extraños y fascinantes por su poder de vida que atrajo a estos desclasificadotes. Tenemos aquí los textos que hablan del proyecto de Federación Araucana entre 1926 y 1931, federaciones juveniles araucanas y un delirante Manuel Aburto Panguilef, un Manual de las Palabras que nos lleva al África, textos de la ciencia colonial de los siglos XVI y XVII (el fantástico Carlos de Sigüenza y Góngora empeñado en nombrar e incorporar lo americano, más bien de traducir lo americano a su propio mundo de manera sombrada, creativa y surrealista) para América, espacios míticos e imaginados de Timbuktú al Caribe. El énfasis está puesto en los territorios, pero en el segundo volumen esa mirada y la escucha se centra en los sujetos abyectos, los que permiten constituir a los otros, y que ese gesto también son clasificados y fijados en territorios: la cárcel, el manicomio, la frontera, el periodo colonial y los siglos XVI al XVIII como frontera de una racionalidad y como proceso que da nombre y rostro a América, es la colonización de un imaginario que tiene como pilar fundamental la noción del cuerpo y los sistemas de cuerpos. Entiendo la fascinación del antropólogo y los literatos frente a los documentos como insectos, lo que escapa a las clasificaciones del reino animal, e incluso como referente sin igual para dar cuenta del proceso mediante el cual se produce la humanización de los animales, incluyéndonos. Creo que aquí se comparte una fascinación que une en el origen de estas ciencias de lo humano y lo social, es decir, en el clásico debate entre naturaleza y cultura. Pero los historiadores tenemos relaciones más ambiguas con ello por cuanto nuestro campo formó parte mucho tiempo de las historias naturales, los hombres dentro de las especies animales. Cuando la historiografía se distingue de los historiadores naturales lo hace cuando se vuelve al testimonio de esa especie en su voz, por el vestigio y por el testigo incluyendo al historiador.
Luego, vamos optando por dar testimonio de las ausencias por sobre las presencias y los documentos escritos serán la prueba, no todos los documentos escritos, se selecciona lo considerado autoridad, institución y asepsia. Pero no quiero explayarme más sobre lo que en estos Anales se dice sobre la historia y los historiadores, encuentro del mayor interés el que se vuelquen a estos territorios. Sólo diré que espero sea este un encuentro fructífero y esto depende de cuán informados estemos las partes sobre las prácticas de unos y otros y de los derroteros de esas prácticas. En este sentido, aplaudo la invasión del archivo y las bibliotecas por todos, pero no aplaudo el monólogo de las experiencias ni la soberbia respecto a creer que se está instalando un procedimiento totalmente nuevo y revolucionario cuando hay varias experiencias similares surgidas precisamente de la deconstrucción.
Pues bien, ahora quiero comentar algo sobre lo que acompaña al título de los Anales: “la derrota del área cultural”. Esto se presenta aquí como un programa de trabajo que pretende, por una parte, deconstruir las clasificaciones que desde la antropología y la sociología permitieron construir una práctica colonial e imperialista con la noción de área cultural, es decir, una suerte de arqueología de las clasificaciones y también de los criterios de clasificación así que la noción de clase en distintos campos. Se las discute a todas ellas en el primer volumen, en un manifiesto introductorio de tipo colectivo, lleno de manos distintas, ritmos e intereses diversos. Por otro, desclasificar aquellos textos que muestran el fracaso de esos intentos de clasificación y que se nos muestran como emblemas de resistencias científicas, políticas y epistemológicas. Yo no quiero volver exponer esa densa exposición, quiero motivarlo a leer estos manifiestos y comprobar que son buenos artefactos para pensar. Sólo repetiré algunos párrafos que me parecieron clarificadores de las intenciones de este Laboratorio y de estos Anales: “La desclasificación como acontecimiento es lo que la vincula al instante liberador, a aquel instante de soberanía pura que quiere escapar a las determinaciones de clase, instante de encuentro con la indeterminación, voluntad de desclasificación que quiere escapar a un presente que se presenta como actualización normativa de las clases, extendiéndose hacia las esferas del pasado y del futuro que intenta dominar”. Esto lo expresan desde una reflexión que partiendo por Marcel Mauss y Lévy-Strauss, deambula por Marx, Nietzche, Foucault,, Derrida, Deleuze, que los emparenta con lo que Georges Bataille llamaba las filosofías paradójicas y la vida paradójica, es decir, escapar a la clasificación es tener soberanía, pero él iba más lejos, el pensamiento realmente soberano era el que no servía a ningún tipo de conocimiento.
Aquí se aceptan las divergencias, se privilegia el movimiento, la impresión, por sobre la interpretación, la disección por sobre el análisis. Efectivamente, aquí se apela a un surrealismo de la ciencia, una propuesta que tiene ya un largo recorrido y que podríamos decir que se encuentra junto al conocimiento que clasifica, lo acompaña siempre en una especie de lado B, que sin embargo para el mundo colonial resulta ser el espacio de ambas inscripciones: clasificar, ordenar a aquello que es inclasificable por monstruoso. Por lo tanto, comparto la emoción que contiene esta propuesta, no comparto el tono de “nunca antes propuesto” que circula en ella, es decir, la prepotencia que se instala siempre en el pensamiento colonizado por occidente. Esta comparsa de las dos pulsiones, clasificar y desclasificar, tiene un derrotero común, indisoluble (no tendrían los documentos que desclasifican de otro modo), incluso la posibilidad de abrir espacios de clasificación se convierten en espacios de depósito de lo no escuchado y allí tenemos la pulsión de escribir de los otros. ¿Por qué negros, indios, mulatos y mujeres son los que dejan más huellas en las secretarías devoradas por el archivo? Vuelvo a la idea del derrotero compartido entre clasificar y desclasificar. Se dice al final del manifiesto del primer volumen que cuando a principios del siglo XX los sociólogos renunciaban a clasificar por la invasión colectiva de la metáfora emocional y personalizante, aparece la clasificación psicoanalítica operando desde la noción de censura. Al leer eso, no pude dejar de pensar en la configuración de la práctica de la confesión, y las tecnologías de autoconocimiento que se instalan como herramientas de la contrarreforma religiosa para instalar en el secreto a la emoción. Los místicos deben estar en los conventos, el confesor será el archivo de los secretos. Las espirituales y místicas serán consideradas histéricas y no en el siglo XIX, ni por Charcot ni por Freud, era un proceso anterior, secular, continuo de atrapar lo que escapa a la autoridad de cualquier clasificación. Extraño en estos anales de desclasificación al objeto permanente de este deseo clasificatorio que genera cuerpos y sujetos abyectos: las mujeres. La única que comparte el laboratorio hace la operación que no se pliega al orden de los textos y documentos concebidos desde la clasificación imperial: la costura, el remiendo, el bordado, el collage. Aquí, la mujer del laboratorio, editó y ordenó los textos, gráficamente, la intención del manifiesto es mucho más clara en la disposición visual. Las notas al margen, como otro texto en off.
Digamos que toda esperanza de un mundo sin clases, que me animaba en la lectura inicial me repliega en el final del primero manifiesto del volumen cuando se dice: “Ante el anuncio de un fin de las contradicciones del humanismo, por la incorporación de sus clases más bajas, resurge el ruido estructural de un proletariado que se resiste a ser el último, a avalar el fin de una historia que empezó sin él”. Es decir, todo el anuncio de crítica al marxismo ortodoxo y toda propuesta de historia desde el movimiento, la relación entre sujetos y la identidad dinámica y desde las prácticas, se lanza a la basura porque no se resiste pasar del manifiesto al panfleto. Toda promesa de salvación es una condena, puesto que aquí la historia vuelve a ser etnocéntrica, estructural-sistémica, teleológica y esencialista. Se quiere desclasificar lo que muchas veces por operación clasificatoria cobró rostro y nombre, que por ser nombrado puede tener derecho a un rostro y un papel. Que por tanto, no resistió a la clasificación, escuchó su promesa y tuvo fe. No comparto la lectura de los textos como residuos o fugas a la desclasificación ¿por qué están allí? Más bien es la pregunta por la voluntad de escritura, de justicia ¿cómo salir de la razón colonial?
Estoy de acuerdo con poner de relieve los archivos secretos, así como la construcción de otros archivos. Estoy de acuerdo con dar cuenta de la vida que se resiste a morir en el archivo, pero no quiero más promesas, ni panaceas, ni nuevos confesores, ni nuevos sermones. Aquí se detiene mi fascinación por los Anales de desclasificación, pero me quedaré con la fascinación inicial, la del objeto surrealista. Me quedo con el volumen uno más que con el volumen dos. Me quedo con el manifiesto, no con el panfleto.
Entiendo esta revista como un órgano del Laboratorio, como un soporte sin el cuál el proyecto no es posible como lo hicieron las vanguardias artísticas del siglo XX, puesto que desde el punto de vista de la “ciencia” y de la “epistemología” no encuentro mayor diferencia entre ellos y las teorías críticas y las vertientes de los denominados autores postmodernos. Esta publicación es un gesto político en tanto objeto surrealista. En fin, otro comentario y relacionado con lo anterior. Cuando llegó a mis manos esta publicación, sin conocer a sus artífices, y darle una leída desordenada como siempre suelo hacer incluyendo la transgresión del tabú sobre no leer los finales, mi primera imagen fue el surrealismo. Sujetos que se resistían a ser clasificados, pero no querían ser confundidos. La puesta en escena de asociaciones automáticas que conectaban a los seres abyectos que produce la razón colonial e imperial. Luego, los conocí por fragmentos, gente que ya había visto, otros olfateado y otras apariciones nuevas en un coloquio sobre Pornología en Viña del Mar, con un afiche que justamente me devolvía al surrealismo con René Magritte. Y al pensar en la línea dos que programa este Laboratorio desde lo que denominan el animal pornológico y el marxismo oral, me recordó una nunca realizada empresa de mis amigos de Historia en el Colegio de México que frente a nuestra crítica al canon historiográfico tradicional y sobre todo a las imágenes sobre lo que debe ser un historiador y un intelectual, queríamos hacer una revista que se llamara Pornohistoria e historia oral. Por supuesto nuestra actitud era irónica y festiva y no seria y disciplinada como la que comento ahora. Los invito a visitar los Anales de desclasificación y agradezco que me hayan incorporado a este cadáver exquisito haciendo de caníbal presentadora.
Alejandra Araya
Historiadora, Universidad de Chile.
Comenzaré por una pregunta:
¿Qué son los Anales de Desclasificación?
Órgano impreso del Laboratorio de Desclasificación comparada, definido como un grupo de investigadores que buscan, compilan, comentan y difunden un corpus indeterminado de textos y documentos “perdidos, olvidados, escondidos y mal difundidos” con el objeto de poner en práctica la crítica a los marcos en que se han desarrollado los “sistemas clasificatorios” que han gobernado y gobiernan a las ciencias sociales y la literatura. Los Anales se organizan en torno a Dossiers que a su vez presentan documentos desclasificados acompañados de interesantes aparatos críticos y algunos artículos que se conectan de algún modo con ellos ya sea temáticamente, geográficamente o conceptualmente de modo de producir alguna comparación o también como gesto performativo de asociaciones libres justificadas por el ánimo desclasificatorio de estos nuevos “científicos” que reemplazan a los insectos por otros: los documentos. No es casual por tanto que se llamen a sí mismos “laboratorio”. Leí el primer volumen con avidez, con placer frente a una serie de propuestas de lectura y actitud que convergen con las mías desde una cuenca que reúne al surrealismo, el psiconálisis y el espíritu libertario y con mucha curiosidad respecto de estas entradas invasibas, irrespetuosas, prepotentes y llenas de vida al territorio del historiador: la muerte, la ausencia y el fervor de revivir, de presentar, de corporeizar un resto, una huella, un vestigio atrapado en un papel. ¿Pueden tener cabida en estos anales de desclasificación los objetos materiales?
Luego me dije, lo que aquí veo es la transformación de los textos en objetos y monumentos, cincelados, desempolvados, resituados. Para un historiador clásico estos Anales serían una revista que edita documentos, como muchas que circulan con los mismos afanes de poner en conocimiento de otros textos curiosos, poco conocidos. El afán de gabinete que conecta a estos trabajadores de laboratorio que quieren desclasificar lo que llega a ellos por procedimientos de clasificación de otros. Una historiador menos tradicional, apelaría a la desclasificación de documentos como gesto político y epistemológico, buscaría lo raro, desconocido, oculto y secreto para hacer habla al sujeto inconsciente de la historia tradicional. A ella pertenecía José Toribio Medina como su brazo armado como bibliófilo y polígrafo, construyó junto a otros como él el Archivo de una nación en el sentido en que los miembros del LDC lo manifiestan siguiendo a Jacques Derrida y el Mal de Archivo, es decir, la construcción de un gran guardián de secretos, y una cohorte de historiadores que escriben sobre lo público. Se hace de las secretarías, de la compulsión de escrituras públicas y privadas de los siglos anteriores al XIX, un archivo positivo, una colección de pruebas de un gran proyecto de maquinación de un cuerpo vivo, desde un cuerpo siempre muerto el Estado. Por eso, un historiador heterodoxo, puede reconocer que hay fondos y fondos documentales, que hay corpus legales y esquirlas en fondos varios o diversos, en secretarías más que en archivos y es allí donde se encuentran eso insectos extraños y fascinantes por su poder de vida que atrajo a estos desclasificadotes. Tenemos aquí los textos que hablan del proyecto de Federación Araucana entre 1926 y 1931, federaciones juveniles araucanas y un delirante Manuel Aburto Panguilef, un Manual de las Palabras que nos lleva al África, textos de la ciencia colonial de los siglos XVI y XVII (el fantástico Carlos de Sigüenza y Góngora empeñado en nombrar e incorporar lo americano, más bien de traducir lo americano a su propio mundo de manera sombrada, creativa y surrealista) para América, espacios míticos e imaginados de Timbuktú al Caribe. El énfasis está puesto en los territorios, pero en el segundo volumen esa mirada y la escucha se centra en los sujetos abyectos, los que permiten constituir a los otros, y que ese gesto también son clasificados y fijados en territorios: la cárcel, el manicomio, la frontera, el periodo colonial y los siglos XVI al XVIII como frontera de una racionalidad y como proceso que da nombre y rostro a América, es la colonización de un imaginario que tiene como pilar fundamental la noción del cuerpo y los sistemas de cuerpos. Entiendo la fascinación del antropólogo y los literatos frente a los documentos como insectos, lo que escapa a las clasificaciones del reino animal, e incluso como referente sin igual para dar cuenta del proceso mediante el cual se produce la humanización de los animales, incluyéndonos. Creo que aquí se comparte una fascinación que une en el origen de estas ciencias de lo humano y lo social, es decir, en el clásico debate entre naturaleza y cultura. Pero los historiadores tenemos relaciones más ambiguas con ello por cuanto nuestro campo formó parte mucho tiempo de las historias naturales, los hombres dentro de las especies animales. Cuando la historiografía se distingue de los historiadores naturales lo hace cuando se vuelve al testimonio de esa especie en su voz, por el vestigio y por el testigo incluyendo al historiador.
Luego, vamos optando por dar testimonio de las ausencias por sobre las presencias y los documentos escritos serán la prueba, no todos los documentos escritos, se selecciona lo considerado autoridad, institución y asepsia. Pero no quiero explayarme más sobre lo que en estos Anales se dice sobre la historia y los historiadores, encuentro del mayor interés el que se vuelquen a estos territorios. Sólo diré que espero sea este un encuentro fructífero y esto depende de cuán informados estemos las partes sobre las prácticas de unos y otros y de los derroteros de esas prácticas. En este sentido, aplaudo la invasión del archivo y las bibliotecas por todos, pero no aplaudo el monólogo de las experiencias ni la soberbia respecto a creer que se está instalando un procedimiento totalmente nuevo y revolucionario cuando hay varias experiencias similares surgidas precisamente de la deconstrucción.
Pues bien, ahora quiero comentar algo sobre lo que acompaña al título de los Anales: “la derrota del área cultural”. Esto se presenta aquí como un programa de trabajo que pretende, por una parte, deconstruir las clasificaciones que desde la antropología y la sociología permitieron construir una práctica colonial e imperialista con la noción de área cultural, es decir, una suerte de arqueología de las clasificaciones y también de los criterios de clasificación así que la noción de clase en distintos campos. Se las discute a todas ellas en el primer volumen, en un manifiesto introductorio de tipo colectivo, lleno de manos distintas, ritmos e intereses diversos. Por otro, desclasificar aquellos textos que muestran el fracaso de esos intentos de clasificación y que se nos muestran como emblemas de resistencias científicas, políticas y epistemológicas. Yo no quiero volver exponer esa densa exposición, quiero motivarlo a leer estos manifiestos y comprobar que son buenos artefactos para pensar. Sólo repetiré algunos párrafos que me parecieron clarificadores de las intenciones de este Laboratorio y de estos Anales: “La desclasificación como acontecimiento es lo que la vincula al instante liberador, a aquel instante de soberanía pura que quiere escapar a las determinaciones de clase, instante de encuentro con la indeterminación, voluntad de desclasificación que quiere escapar a un presente que se presenta como actualización normativa de las clases, extendiéndose hacia las esferas del pasado y del futuro que intenta dominar”. Esto lo expresan desde una reflexión que partiendo por Marcel Mauss y Lévy-Strauss, deambula por Marx, Nietzche, Foucault,, Derrida, Deleuze, que los emparenta con lo que Georges Bataille llamaba las filosofías paradójicas y la vida paradójica, es decir, escapar a la clasificación es tener soberanía, pero él iba más lejos, el pensamiento realmente soberano era el que no servía a ningún tipo de conocimiento.
Aquí se aceptan las divergencias, se privilegia el movimiento, la impresión, por sobre la interpretación, la disección por sobre el análisis. Efectivamente, aquí se apela a un surrealismo de la ciencia, una propuesta que tiene ya un largo recorrido y que podríamos decir que se encuentra junto al conocimiento que clasifica, lo acompaña siempre en una especie de lado B, que sin embargo para el mundo colonial resulta ser el espacio de ambas inscripciones: clasificar, ordenar a aquello que es inclasificable por monstruoso. Por lo tanto, comparto la emoción que contiene esta propuesta, no comparto el tono de “nunca antes propuesto” que circula en ella, es decir, la prepotencia que se instala siempre en el pensamiento colonizado por occidente. Esta comparsa de las dos pulsiones, clasificar y desclasificar, tiene un derrotero común, indisoluble (no tendrían los documentos que desclasifican de otro modo), incluso la posibilidad de abrir espacios de clasificación se convierten en espacios de depósito de lo no escuchado y allí tenemos la pulsión de escribir de los otros. ¿Por qué negros, indios, mulatos y mujeres son los que dejan más huellas en las secretarías devoradas por el archivo? Vuelvo a la idea del derrotero compartido entre clasificar y desclasificar. Se dice al final del manifiesto del primer volumen que cuando a principios del siglo XX los sociólogos renunciaban a clasificar por la invasión colectiva de la metáfora emocional y personalizante, aparece la clasificación psicoanalítica operando desde la noción de censura. Al leer eso, no pude dejar de pensar en la configuración de la práctica de la confesión, y las tecnologías de autoconocimiento que se instalan como herramientas de la contrarreforma religiosa para instalar en el secreto a la emoción. Los místicos deben estar en los conventos, el confesor será el archivo de los secretos. Las espirituales y místicas serán consideradas histéricas y no en el siglo XIX, ni por Charcot ni por Freud, era un proceso anterior, secular, continuo de atrapar lo que escapa a la autoridad de cualquier clasificación. Extraño en estos anales de desclasificación al objeto permanente de este deseo clasificatorio que genera cuerpos y sujetos abyectos: las mujeres. La única que comparte el laboratorio hace la operación que no se pliega al orden de los textos y documentos concebidos desde la clasificación imperial: la costura, el remiendo, el bordado, el collage. Aquí, la mujer del laboratorio, editó y ordenó los textos, gráficamente, la intención del manifiesto es mucho más clara en la disposición visual. Las notas al margen, como otro texto en off.
Digamos que toda esperanza de un mundo sin clases, que me animaba en la lectura inicial me repliega en el final del primero manifiesto del volumen cuando se dice: “Ante el anuncio de un fin de las contradicciones del humanismo, por la incorporación de sus clases más bajas, resurge el ruido estructural de un proletariado que se resiste a ser el último, a avalar el fin de una historia que empezó sin él”. Es decir, todo el anuncio de crítica al marxismo ortodoxo y toda propuesta de historia desde el movimiento, la relación entre sujetos y la identidad dinámica y desde las prácticas, se lanza a la basura porque no se resiste pasar del manifiesto al panfleto. Toda promesa de salvación es una condena, puesto que aquí la historia vuelve a ser etnocéntrica, estructural-sistémica, teleológica y esencialista. Se quiere desclasificar lo que muchas veces por operación clasificatoria cobró rostro y nombre, que por ser nombrado puede tener derecho a un rostro y un papel. Que por tanto, no resistió a la clasificación, escuchó su promesa y tuvo fe. No comparto la lectura de los textos como residuos o fugas a la desclasificación ¿por qué están allí? Más bien es la pregunta por la voluntad de escritura, de justicia ¿cómo salir de la razón colonial?
Estoy de acuerdo con poner de relieve los archivos secretos, así como la construcción de otros archivos. Estoy de acuerdo con dar cuenta de la vida que se resiste a morir en el archivo, pero no quiero más promesas, ni panaceas, ni nuevos confesores, ni nuevos sermones. Aquí se detiene mi fascinación por los Anales de desclasificación, pero me quedaré con la fascinación inicial, la del objeto surrealista. Me quedo con el volumen uno más que con el volumen dos. Me quedo con el manifiesto, no con el panfleto.
Entiendo esta revista como un órgano del Laboratorio, como un soporte sin el cuál el proyecto no es posible como lo hicieron las vanguardias artísticas del siglo XX, puesto que desde el punto de vista de la “ciencia” y de la “epistemología” no encuentro mayor diferencia entre ellos y las teorías críticas y las vertientes de los denominados autores postmodernos. Esta publicación es un gesto político en tanto objeto surrealista. En fin, otro comentario y relacionado con lo anterior. Cuando llegó a mis manos esta publicación, sin conocer a sus artífices, y darle una leída desordenada como siempre suelo hacer incluyendo la transgresión del tabú sobre no leer los finales, mi primera imagen fue el surrealismo. Sujetos que se resistían a ser clasificados, pero no querían ser confundidos. La puesta en escena de asociaciones automáticas que conectaban a los seres abyectos que produce la razón colonial e imperial. Luego, los conocí por fragmentos, gente que ya había visto, otros olfateado y otras apariciones nuevas en un coloquio sobre Pornología en Viña del Mar, con un afiche que justamente me devolvía al surrealismo con René Magritte. Y al pensar en la línea dos que programa este Laboratorio desde lo que denominan el animal pornológico y el marxismo oral, me recordó una nunca realizada empresa de mis amigos de Historia en el Colegio de México que frente a nuestra crítica al canon historiográfico tradicional y sobre todo a las imágenes sobre lo que debe ser un historiador y un intelectual, queríamos hacer una revista que se llamara Pornohistoria e historia oral. Por supuesto nuestra actitud era irónica y festiva y no seria y disciplinada como la que comento ahora. Los invito a visitar los Anales de desclasificación y agradezco que me hayan incorporado a este cadáver exquisito haciendo de caníbal presentadora.

