Secunda presentación de los Anales de Desclasificación, vol I
Texto leído en la Biblioteca de Santiago el jueves 6 de julio 2006.
Federico Galende
Sociólogo, Universidad Arcis
Antes que nada quiero agradecer al equipo del Laboratorio de Desclasificación Comparada su amable invitación a presentar esta segunda parte del volumen de los Anales, dedicado, como la primera, a la derrota del área cultural. Es para mí un honor hacerlo y ha sido un gusto revisar los primeros aportes del enorme trabajo que realizan, pese a que, más que de trabajo, habría que hablar de una actividad, tal vez esa que Bertoni planteó alguna vez como la del cansador intrabajable. No encuentro por ahora mejor definición para este enorme proyecto ni pretendo engañar a nadie diciendo que lo he leído página por página; a la vez, creo que esta posición de lectura -una lectura en diagonal y a la deriva, saltos en balde en una sala de gemidos- se ajusta demasiado bien a lo que los documentos esperan de su lector. Cabe suponer, incluso, que aborrezcan de un cierto tipo de lector, que su objetivo más íntimo consista en aguardar con mudez confiada que una determinada inercia de lectura desaparezca por fin de los ojos. Si esto es así, es porque de toda desclasificación se espera que opere también sobre los órganos sensoriales, que borre los ojos o los inflame, permitiendo que un lector en blanco apoye su oído en el eco de unas voces sin tiempo y unas cosas sin nombre, deliberadamente huérfanas de la secuencia o la serie. Benjamín, como se sabe, entrevió esta desclasificación de la mirada en el cine, cuyas décimas de segundos eran proyectiles disparatados clavándose en los ojos hilarantes del lector burgués. Y aunque hubo algunos intentos similares en el campo de la poesía -pensemos fundamentalmente en Lihn o en Nicanor Parra, dos acontecimientos fundamentales en lo que hace al quiebre de la mirada auratizante- o en el del ensayismo ligado a la cuestión de la visualidad -los primeros trabajos de Kay, por ejemplo, o de Nelly Richard-, por lo general en Chile el lector, además de pobre, ha sido profundamente conservador, haciendo que, desde el golpe en adelante, los regímenes de lectura, pasados por el cedazo de la antigualla burguesa, se pusieran muy tempranamente al servicio de un programa de reificación, entendido como una recuperación de la exégesis disciplinar o estetizante de la cual, hasta el día de hoy, nos siguen llegando ejemplares inútiles publicados por el aparato estatal.
Este régimen conservador de lectura ligado a lo que estos Anales llaman la clasificación biblioteconómica, contrasta, a la vez, con una creciente privatización del archivo público, consistente en que, en medio de la catástrofe, cada sobreviviente huyera a la casa con un pedazo de historia en su maleta. El espacio en el que tuvo lugar esta ominosa reconstrucción fue sin duda el interior burgués. Y así como el señor amueblado de principios de siglo supo colocar sus iniciales a los cojines, los sillones, los mantelitos o el croché de los tocadores, así también el lector privado se acostumbró a imprimir sus huellas sobre el trozo suelto de archivo que le tocó en suerte, levantando después pequeñas escuelas o casitas que ahora, por una extensión del lenguaje, llamamos universidades. De este modo, mientras el lector conservador hacia del espacio público una extensión de su biblioteca -este sería el corazón privado del archivo público-, el lector privado se llevaba fragmentos de esa biblioteca a su casa, reasignando a lo público el maquillaje de su inquietud privada. Este parece ser el problema del programa de desclasificación que ahora comentamos, un programa que, según mi lectura, se sostiene sobre tres puntos que me gustaría enumerar del siguiente modo: 1. La desclasificación no opera en términos de una restitución de la memoria ni se inscribe en una política de la memoria; lo que hace es poner en juego una dislocación; 2. Esta dislocación es inherente al ejercicio de la crítica y la destrucción como interrupción de la violencia de la historia -no de esta o aquella historia, sino de esa violencia que es la historia; y 3. Esta interrupción de la violencia histórica no opera en términos de la recuperación de ninguna identidad o política de la identidad, sino de su difuminación o grado cero en el más fuerte de los sentidos marxistas.
Contra el cuchicheo insensible de las masivas políticas mnemotécnicas que atraviesan la historia de nuestra transición, el ejercicio de la desclasificación no radica en restituir al archivo un pasado perdido, sino, más bien, en ramificar un conjunto inacabado de lenguas débiles, pueblos menores, paisajes deshabitados, tartamudeos o murmuraciones capaces de conducir la imaginación retrospectiva hacia páramos de tiempo no reclamados siquiera por la memoria. La desclasificación, en este sentido, no opera sólo contra la historia como un continuo; también lo hace contra la memoria como reserva estratégica de la historia. Ha sido entre nosotros parte de una violencia muy particular, de una violencia reconstructiva, situar la pérdida como algo que debía ser recuperado o formalizado, es decir, reclasificado. Así, la imagen de la pérdida o la catástrofe fue instalada por el mercado de la memoria para volver a justificar nuestra esperanza en la historia, pero la historia, que no ha cesado de vencer, nos es más que recuerdo clasificado. Cuando Benjamín, a quien la presentación de estos Anales parece seguir en un punto, habla del modo en que la violencia conservadora tiende siempre a la absorción, por medio de la represión de sus fuerzas hostiles, de la violencia creadora, haciendo que la crítica de la violencia no sea hasta ahora más que la filosofía de su historia, lo que está intentando mostrar es en qué medida la cuestión de la memoria es un elemento interno de la historia, su pasamano o su molino.
Que en este país el esteticismo -pieza una y otra vez reactualizada por el filósofo asustado-, el culturalismo -enfermedad infantil de la crítica- o el sociologismo -vicio final de toda ciencia humana- hayan entrado, de una u otra manera, en el problema de la memoria, tuvo que ver con una disputa disciplinaria por la participación en el proceso de reclasificación de la historia. Lo que en esa disputa fue abandonado, pese a la temprana incursión de la obra benjaminiana en la escena de los ochenta, es precisamente lo que este notable ejercicio de desclasificación viene ahora a retomar: el carácter de la destrucción como crítica e interrupción de la violencia del archivo.
Tal carácter, podría pensarse, responde de manera sobrada a una vieja consigna antiburguesa de Brecht: Hay que borrar todas las huellas. Es exactamente lo que procura el programa siempre recomenzado y siempre inacabado de la desclasificación, que borra no sólo una tendencia histórica implicada en el régimen de lectura, como decíamos, sino también el ímpetu mismo de la creación. Si así procede, es porque el carácter destructivo se apoya en una desconfianza invencible respecto del curso de las cosas. Esa desconfianza, semblante tanto de la crítica como de la desclasificación, Benjamín la había ido a buscar antes en la figura del alegorista cuyo modelo de lectura estaba fundado en exponer la vida transitoria de las cosas, los hombres y la historia a partir de la naturaleza caída o su tristeza. La clasificación es el enemigo simplemente porque sienta las bases que empaquetan y recubren la pátina mortuoria del mundo. De ahí que, tal como lo muestra este volumen, la interrupción de la desclasifícación en la clasificación no sea algo que busca ser entendido, sino la mera presentación del carácter perecedero que habita en las cosas -lo único, así, que puede ser peor que la instrumentalidad, es nuestro deseo de ser póstumos. No se trata entonces de restituir ningún archivo, de hacerlo pasar a la posteridad, sino de permitirle hablar desde su condición precaria o transitoria, pues la tarea de la desclasificación no consiste en otra cosa que en tomarle la delantera al hilado de la memoria, dejando para sí el prestigio invisible del eslabón perdido. Eslabón que consiste en no consistir, que, como un paso sin quien, si irrumpe en la máquina serial no es para recuperar los escombros con los que hacer nuevos caminos, sino para convertir lo que queda en escombro. En la presentación general del volumen se insiste en varias ocasiones, por esto mismo, en el hecho de que la desclasificación no es una alternativa a la clasificación, sino una actividad orientada a mostrar la vulnerabilidad de todo aquello que procura gobernar por medio del archivo. Lo que se busca desclasificar es la resignación de la vida de las cosas y los seres a la mera existencia, haciendo que sea en cambio el líquido de lo viviente lo que opera destructivamente sobre el archivo. Es el tono que ocupan por ejemplo Fabien Le Bonniec y Eduardo Mella cuando imponen una lámina de agua a las cartas que retratan tormentosamente el conflicto entre Colonos y Pehuenches en el Valle del Queuco o el que sutilmente utiliza Naranjo en su presentación sobre los relatos en las Cárceles de Alta Seguridad. Allí, lo que nos permitirá pasar por fin al tercer punto, nos recuerda Naranjo que «la desclasificación no sería una integración simultánea del conjunto de los relativismos, humanismos, la reedición, en fin, de una ética de las víctimas, sino el desenvolvimiento en que un conjunto de escrituras muestran cómo el preso es un sobreviviente en la economía de la catástrofe posnacional, que ha integrado una relación al tiempo de la destrucción que se opone justamente a la modalidad o a la administración e inscripción de los neoamericanismos» (pag. 394).
Esto da una entrada al modo en que la desclasificación se opone, por último, y contra todo lo que podría pensarse, al otro gran uso político que ha salido triunfante en la escena de la vida tardomoderna, el de la política de la identidad. Confabulada con la de la memoria, la política de la identidad no ha hecho más que ofrecernos en el último tiempo el pobre consuelo que habría hecho de leimotiv para la interrupción del programa de la destrucción. El ejercicio de desclasificación de estos documentos, sin embargo, se vuelve tremendamente sutil haciéndole lugar a una diferencia o una debilidad que no apela jamás a la fábula de lo identitario, oponiendo al halo triunfante de la historia una proximidad que no llega, un aumento del porvenir, diría Levinas, a través de lo que permanece de todos modos inaprensible. El quid pro quo de estos documentos reposaría ahora en la exposición de la identidad como una neoestetización, pues la identidad es la continuación de la guerra por otros medios, las categorías, motivos de un conformismo en el que la disipación de la clase es amortiguada por la piel feliz de la especie. El rostro, antaño presencia de lo no presente, es sometido por la política de la identidad a una dádiva ritual o una malla de carne; la desclasificación lo atraviesa, libera al ser de la predictibilidad de la mueca y al espíritu de lo viviente de la cárcel de su propia vida. Por eso resulta ejemplar la recuperación que, sobre el final del documento que presenta el volumen, los autores, que escogieron, como era de esperar, el anonimato, casi al modo de un Luther Blisset, se hace sobre la clase en Marx. La liberación de la clase es la liberación de la historia; en la página 41, se nos dice que la desclasificación como acontecimiento es lo que vincula al instante liberador, aquel instante de soberanía pura que quiere escapar a las determinaciones de la clasificación. Marx fue un notable pensador de la desclasificación cuando afirmó que la liberación del proletariado era la liberación de la humanidad en su conjunto, pues liberándose a sí mismo de su condición de oprimido era capaz de liberar al pobre opresor de su necesidad de oprimir. El instante de soberanía es psicótico, un punto efímero de libertad por el que se ha fugado el archivo. En una novela que leí una vez, una novela sobre la desclasificación, se narraba una anécdota que recuerdo muy bien. Dos pequeños amigos, M. y S., decidían un día hacer una broma a sus padres cambiándose los nombres. Al salir de la escuela, cada uno de ellos debía tomar el camino del otro y llegar a sus casas saludando con naturalidad a sus falsos padres, pero a poco andar se encontraban con la sorpresa de que los padres los recibían como si fuesen realmente sus hijos, conversaban con ellos cotidianamente durante la cena, no notaban ningún cambio, razón por la cual más tarde, en la noche, en la soledad de los cuartos ajenos, los niños empezarían a sentirse intranquilos. Percibían, decía la novela que leí, el crecimiento ingobernable de algo iniciado por ellos. Durante las cenas que se fueron sucediendo a lo largo del tiempo confesaron a sus respectivos falsos padres que no eran sí mismos sino el otro, pero estos no les creían, juzgaban que estas eran fantasías propias de niños. Y así los años pasaron lentamente, los dos amigos se encontraban a veces para pescar y mientras pescaban se daban cuenta que uno no sólo se cansa de ser el mismo, sino también el otro. Es decir, uno se cansa de vivir. Pero la vida cansa porque nos asigna el insoportable peso de la identidad. Por eso, como decía al principio, hay que inventarse pueblos propios, lenguas imaginarias, pues de otro modo no sólo no se puede vivir, sino que tampoco se puede escribir (lo que es mucho más grave). No se puede escribir, decía más o menos Deleuze, sin desclasificar la lengua materna, sin trazar una lengua extranjera en el corazón de la propia lengua, familiar y materna, del mismo modo en que no se puede vivir sin trazar un espíritu viviente en el seno de la mera existencia. Sólo a eso se puede aspirar; por eso de los países inexistentes, el de la desclasificación es, sin duda, el más extenso. Muchas gracias.
Federico Galende
Sociólogo, Universidad Arcis
Antes que nada quiero agradecer al equipo del Laboratorio de Desclasificación Comparada su amable invitación a presentar esta segunda parte del volumen de los Anales, dedicado, como la primera, a la derrota del área cultural. Es para mí un honor hacerlo y ha sido un gusto revisar los primeros aportes del enorme trabajo que realizan, pese a que, más que de trabajo, habría que hablar de una actividad, tal vez esa que Bertoni planteó alguna vez como la del cansador intrabajable. No encuentro por ahora mejor definición para este enorme proyecto ni pretendo engañar a nadie diciendo que lo he leído página por página; a la vez, creo que esta posición de lectura -una lectura en diagonal y a la deriva, saltos en balde en una sala de gemidos- se ajusta demasiado bien a lo que los documentos esperan de su lector. Cabe suponer, incluso, que aborrezcan de un cierto tipo de lector, que su objetivo más íntimo consista en aguardar con mudez confiada que una determinada inercia de lectura desaparezca por fin de los ojos. Si esto es así, es porque de toda desclasificación se espera que opere también sobre los órganos sensoriales, que borre los ojos o los inflame, permitiendo que un lector en blanco apoye su oído en el eco de unas voces sin tiempo y unas cosas sin nombre, deliberadamente huérfanas de la secuencia o la serie. Benjamín, como se sabe, entrevió esta desclasificación de la mirada en el cine, cuyas décimas de segundos eran proyectiles disparatados clavándose en los ojos hilarantes del lector burgués. Y aunque hubo algunos intentos similares en el campo de la poesía -pensemos fundamentalmente en Lihn o en Nicanor Parra, dos acontecimientos fundamentales en lo que hace al quiebre de la mirada auratizante- o en el del ensayismo ligado a la cuestión de la visualidad -los primeros trabajos de Kay, por ejemplo, o de Nelly Richard-, por lo general en Chile el lector, además de pobre, ha sido profundamente conservador, haciendo que, desde el golpe en adelante, los regímenes de lectura, pasados por el cedazo de la antigualla burguesa, se pusieran muy tempranamente al servicio de un programa de reificación, entendido como una recuperación de la exégesis disciplinar o estetizante de la cual, hasta el día de hoy, nos siguen llegando ejemplares inútiles publicados por el aparato estatal.
Este régimen conservador de lectura ligado a lo que estos Anales llaman la clasificación biblioteconómica, contrasta, a la vez, con una creciente privatización del archivo público, consistente en que, en medio de la catástrofe, cada sobreviviente huyera a la casa con un pedazo de historia en su maleta. El espacio en el que tuvo lugar esta ominosa reconstrucción fue sin duda el interior burgués. Y así como el señor amueblado de principios de siglo supo colocar sus iniciales a los cojines, los sillones, los mantelitos o el croché de los tocadores, así también el lector privado se acostumbró a imprimir sus huellas sobre el trozo suelto de archivo que le tocó en suerte, levantando después pequeñas escuelas o casitas que ahora, por una extensión del lenguaje, llamamos universidades. De este modo, mientras el lector conservador hacia del espacio público una extensión de su biblioteca -este sería el corazón privado del archivo público-, el lector privado se llevaba fragmentos de esa biblioteca a su casa, reasignando a lo público el maquillaje de su inquietud privada. Este parece ser el problema del programa de desclasificación que ahora comentamos, un programa que, según mi lectura, se sostiene sobre tres puntos que me gustaría enumerar del siguiente modo: 1. La desclasificación no opera en términos de una restitución de la memoria ni se inscribe en una política de la memoria; lo que hace es poner en juego una dislocación; 2. Esta dislocación es inherente al ejercicio de la crítica y la destrucción como interrupción de la violencia de la historia -no de esta o aquella historia, sino de esa violencia que es la historia; y 3. Esta interrupción de la violencia histórica no opera en términos de la recuperación de ninguna identidad o política de la identidad, sino de su difuminación o grado cero en el más fuerte de los sentidos marxistas.
Contra el cuchicheo insensible de las masivas políticas mnemotécnicas que atraviesan la historia de nuestra transición, el ejercicio de la desclasificación no radica en restituir al archivo un pasado perdido, sino, más bien, en ramificar un conjunto inacabado de lenguas débiles, pueblos menores, paisajes deshabitados, tartamudeos o murmuraciones capaces de conducir la imaginación retrospectiva hacia páramos de tiempo no reclamados siquiera por la memoria. La desclasificación, en este sentido, no opera sólo contra la historia como un continuo; también lo hace contra la memoria como reserva estratégica de la historia. Ha sido entre nosotros parte de una violencia muy particular, de una violencia reconstructiva, situar la pérdida como algo que debía ser recuperado o formalizado, es decir, reclasificado. Así, la imagen de la pérdida o la catástrofe fue instalada por el mercado de la memoria para volver a justificar nuestra esperanza en la historia, pero la historia, que no ha cesado de vencer, nos es más que recuerdo clasificado. Cuando Benjamín, a quien la presentación de estos Anales parece seguir en un punto, habla del modo en que la violencia conservadora tiende siempre a la absorción, por medio de la represión de sus fuerzas hostiles, de la violencia creadora, haciendo que la crítica de la violencia no sea hasta ahora más que la filosofía de su historia, lo que está intentando mostrar es en qué medida la cuestión de la memoria es un elemento interno de la historia, su pasamano o su molino.
Que en este país el esteticismo -pieza una y otra vez reactualizada por el filósofo asustado-, el culturalismo -enfermedad infantil de la crítica- o el sociologismo -vicio final de toda ciencia humana- hayan entrado, de una u otra manera, en el problema de la memoria, tuvo que ver con una disputa disciplinaria por la participación en el proceso de reclasificación de la historia. Lo que en esa disputa fue abandonado, pese a la temprana incursión de la obra benjaminiana en la escena de los ochenta, es precisamente lo que este notable ejercicio de desclasificación viene ahora a retomar: el carácter de la destrucción como crítica e interrupción de la violencia del archivo.
Tal carácter, podría pensarse, responde de manera sobrada a una vieja consigna antiburguesa de Brecht: Hay que borrar todas las huellas. Es exactamente lo que procura el programa siempre recomenzado y siempre inacabado de la desclasificación, que borra no sólo una tendencia histórica implicada en el régimen de lectura, como decíamos, sino también el ímpetu mismo de la creación. Si así procede, es porque el carácter destructivo se apoya en una desconfianza invencible respecto del curso de las cosas. Esa desconfianza, semblante tanto de la crítica como de la desclasificación, Benjamín la había ido a buscar antes en la figura del alegorista cuyo modelo de lectura estaba fundado en exponer la vida transitoria de las cosas, los hombres y la historia a partir de la naturaleza caída o su tristeza. La clasificación es el enemigo simplemente porque sienta las bases que empaquetan y recubren la pátina mortuoria del mundo. De ahí que, tal como lo muestra este volumen, la interrupción de la desclasifícación en la clasificación no sea algo que busca ser entendido, sino la mera presentación del carácter perecedero que habita en las cosas -lo único, así, que puede ser peor que la instrumentalidad, es nuestro deseo de ser póstumos. No se trata entonces de restituir ningún archivo, de hacerlo pasar a la posteridad, sino de permitirle hablar desde su condición precaria o transitoria, pues la tarea de la desclasificación no consiste en otra cosa que en tomarle la delantera al hilado de la memoria, dejando para sí el prestigio invisible del eslabón perdido. Eslabón que consiste en no consistir, que, como un paso sin quien, si irrumpe en la máquina serial no es para recuperar los escombros con los que hacer nuevos caminos, sino para convertir lo que queda en escombro. En la presentación general del volumen se insiste en varias ocasiones, por esto mismo, en el hecho de que la desclasificación no es una alternativa a la clasificación, sino una actividad orientada a mostrar la vulnerabilidad de todo aquello que procura gobernar por medio del archivo. Lo que se busca desclasificar es la resignación de la vida de las cosas y los seres a la mera existencia, haciendo que sea en cambio el líquido de lo viviente lo que opera destructivamente sobre el archivo. Es el tono que ocupan por ejemplo Fabien Le Bonniec y Eduardo Mella cuando imponen una lámina de agua a las cartas que retratan tormentosamente el conflicto entre Colonos y Pehuenches en el Valle del Queuco o el que sutilmente utiliza Naranjo en su presentación sobre los relatos en las Cárceles de Alta Seguridad. Allí, lo que nos permitirá pasar por fin al tercer punto, nos recuerda Naranjo que «la desclasificación no sería una integración simultánea del conjunto de los relativismos, humanismos, la reedición, en fin, de una ética de las víctimas, sino el desenvolvimiento en que un conjunto de escrituras muestran cómo el preso es un sobreviviente en la economía de la catástrofe posnacional, que ha integrado una relación al tiempo de la destrucción que se opone justamente a la modalidad o a la administración e inscripción de los neoamericanismos» (pag. 394).
Esto da una entrada al modo en que la desclasificación se opone, por último, y contra todo lo que podría pensarse, al otro gran uso político que ha salido triunfante en la escena de la vida tardomoderna, el de la política de la identidad. Confabulada con la de la memoria, la política de la identidad no ha hecho más que ofrecernos en el último tiempo el pobre consuelo que habría hecho de leimotiv para la interrupción del programa de la destrucción. El ejercicio de desclasificación de estos documentos, sin embargo, se vuelve tremendamente sutil haciéndole lugar a una diferencia o una debilidad que no apela jamás a la fábula de lo identitario, oponiendo al halo triunfante de la historia una proximidad que no llega, un aumento del porvenir, diría Levinas, a través de lo que permanece de todos modos inaprensible. El quid pro quo de estos documentos reposaría ahora en la exposición de la identidad como una neoestetización, pues la identidad es la continuación de la guerra por otros medios, las categorías, motivos de un conformismo en el que la disipación de la clase es amortiguada por la piel feliz de la especie. El rostro, antaño presencia de lo no presente, es sometido por la política de la identidad a una dádiva ritual o una malla de carne; la desclasificación lo atraviesa, libera al ser de la predictibilidad de la mueca y al espíritu de lo viviente de la cárcel de su propia vida. Por eso resulta ejemplar la recuperación que, sobre el final del documento que presenta el volumen, los autores, que escogieron, como era de esperar, el anonimato, casi al modo de un Luther Blisset, se hace sobre la clase en Marx. La liberación de la clase es la liberación de la historia; en la página 41, se nos dice que la desclasificación como acontecimiento es lo que vincula al instante liberador, aquel instante de soberanía pura que quiere escapar a las determinaciones de la clasificación. Marx fue un notable pensador de la desclasificación cuando afirmó que la liberación del proletariado era la liberación de la humanidad en su conjunto, pues liberándose a sí mismo de su condición de oprimido era capaz de liberar al pobre opresor de su necesidad de oprimir. El instante de soberanía es psicótico, un punto efímero de libertad por el que se ha fugado el archivo. En una novela que leí una vez, una novela sobre la desclasificación, se narraba una anécdota que recuerdo muy bien. Dos pequeños amigos, M. y S., decidían un día hacer una broma a sus padres cambiándose los nombres. Al salir de la escuela, cada uno de ellos debía tomar el camino del otro y llegar a sus casas saludando con naturalidad a sus falsos padres, pero a poco andar se encontraban con la sorpresa de que los padres los recibían como si fuesen realmente sus hijos, conversaban con ellos cotidianamente durante la cena, no notaban ningún cambio, razón por la cual más tarde, en la noche, en la soledad de los cuartos ajenos, los niños empezarían a sentirse intranquilos. Percibían, decía la novela que leí, el crecimiento ingobernable de algo iniciado por ellos. Durante las cenas que se fueron sucediendo a lo largo del tiempo confesaron a sus respectivos falsos padres que no eran sí mismos sino el otro, pero estos no les creían, juzgaban que estas eran fantasías propias de niños. Y así los años pasaron lentamente, los dos amigos se encontraban a veces para pescar y mientras pescaban se daban cuenta que uno no sólo se cansa de ser el mismo, sino también el otro. Es decir, uno se cansa de vivir. Pero la vida cansa porque nos asigna el insoportable peso de la identidad. Por eso, como decía al principio, hay que inventarse pueblos propios, lenguas imaginarias, pues de otro modo no sólo no se puede vivir, sino que tampoco se puede escribir (lo que es mucho más grave). No se puede escribir, decía más o menos Deleuze, sin desclasificar la lengua materna, sin trazar una lengua extranjera en el corazón de la propia lengua, familiar y materna, del mismo modo en que no se puede vivir sin trazar un espíritu viviente en el seno de la mera existencia. Sólo a eso se puede aspirar; por eso de los países inexistentes, el de la desclasificación es, sin duda, el más extenso. Muchas gracias.


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